
Esa eres tú, aquella a la que nunca le preocupó sonreír (o reír) demasiado, la misma a la que le aterrorizaba ahogar su llanto en la almohada, sintiéndose sola. Siempre te consideraron valiente sin saber que el temor te obligaba a andar entre tinieblas. Es cierto que siempre fuiste capaz de afrontar cualquier adversidad, que le plantabas cara a los problemas y, si no los podías solucionar, te los cargabas a la espalda y aflojabas la marcha para no dejar de hacer camino; pero siempre le temiste a algo que, al fin y al cabo, era inevitable, siempre te horrorizó la idea de perder el control de tu vida y acabar dominada por tus propios sentimientos.
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